jueves, 4 de diciembre de 2014

La senectud de la rosa roja




Una rosa roja lloraba muy compungida.

Se lamentaba la flor, en el ocaso de su vida,

de haber perdido su belleza, su fragor, su lozanía. 

¿Qué fue de las abejas que yo otrora atraía?

gritaba la flor angustiada y dolorida,

¿dónde están ahora mis bellas mariposas?,

¿qué fue de las libélulas?, ¿qué de las mariquitas?,

que no me acarician más desde que estoy marchita.

Yo ayer era la reina del jardín, de entre todas la preferida,

de los dueños de esta floresta la más querida.

Hoy maldigo al reloj del tiempo, que no cesa,

 y a la belleza, que de mí se olvida. Eso decía.

Y el rosal que la acunaba, que hablar así la oía,

le dijo a la rosa roja de sus entrañas nacida:

Rosita, hija, no te aflijas más, querida,

que tus hermanas: mis hijas, y las hijas de sus hijas,

todas ellas envejecerán un día,

y como tú, que siendo joven fuiste tan bonita

y después menos bella, aunque sabia entonces de la vida,

así les sucederá a ellas. Y a las que ahora tu envidias,

te lo aseguro mi cielo, las dejarán de envidiar un día.

Otras vendrán que las harán a ellas viejas y malqueridas.

Porque eso, hija mía, es lo que acontece siempre: es ley de vida.


Autor: Dimas Luis Berzosa Guillén.