domingo, 7 de febrero de 2016

El entierro del siglo.



Pepe Paco, entre otras cosas innombrables, era un tarambana, un manirroto y un vicioso empedernido. No sabría deciros si invertía más tiempo rondando en paños menores por los pasillos del lupanar de su amiga Mati, o meneando naipes y escanciando chatos en el local de enfrente, al otro lado de la Plaza del Altozano, en el bistró de Fifí, una pequeña y acogedora taberna regentada por un conocido gabacho al que todos conocían por el apodo que le colocó Don Benedicto Mariano de los Santos Iglesias, el párroco de Santa María del Bombo, jesuita y políglota a la sazón, que fue quien le endilgó al galo, nada más verlo por primera vez, el sobrenombre de  Pierre le Faggot, para los amigos Fifí.
En aquel antro, además de Pepe Paco y otros dos o tres ricos y desocupados perpetuos como él, se reunían a diario una pléyade de sinvergüenzas y primeras figuras de la picaresca local, así como algunos de los muchos malhechores aviesos y desalmados que medraban desplazándose entre poblaciones, pululando por los caminos en busca de viajeros desprotegidos a los que desvalijar. 
Amén de muchos truhanes que vivían de montar espectáculos de malabares en las callejas anexas a la plaza con los que llamaban la atención de incautos y avaros a los que desplumaban con sus habilidosos triles entre prestidigitación y prestidigitación.
Todos ellos, a medio día de primeras y al caer la tarde de segundas, se dejaban caer, literalmente y valga la redundancia, por el bistró de Fifí, atraídos por el delicioso chapurreado bretón, exquisito y reputado brebaje que preparaba el galo mezclando recios vinos franceses con un par de especias secretas traídas de la india, cuyo nombre, por cierto, nunca consintió en revelar.
Aquellos malandrines, que pasaban desocupados, u ocupados en sus tejemanejes delictivos si se quiere, largas horas bajo el sol abrasador, señor de aquellas tierras, acudían como moscas a  aquel semisótano de anchos muros de piedra y adobes encalados para aliviarse del calor, y allí se plimplaban decenas de chatos, uno tras otro hasta reventar, de aquel vinillo fresquito que entraba sin sentir. Y es que el franchute, que no tenía ni un pelo de tonto, lo refrescaba en botellas de vidrio selladas con corcho y pez que colocaba dentro de unos cubos de zinc, los cuales sumergía durante horas en lo más profundo de un angosto pozo artesiano que hacía el agua fresquísima, casi helada; pozo que descubrió por casualidad bajo unas esteras viejas en un rincón del sótano del caserón del que formaba parte el local. 
El francés, además, servía con cada botella de vino, incluidos en el precio, cuatro onzas de torrados enyesados, especialidad de la casa muy valorada por la chusma, y una escudilla grande de caracoles en salsa picante, o ‘escargotillos epicentes’, como los llamaba Pepe Paco con esnobismo para demostrar su intelectualidad. Aquel plato de gasterópodos ardientes les calentaba la boca y las entrañas a las criaturas y les ardían tanto los entresijos que, al tomarlos, no dejaban de consumir vino; única finalidad del maquiavélico obsequio del gabacho a su aquiescente clientela.
En este lugar tan poco recomendable pasaba el muchacho la mayor parte del día, entre barriles de vino, escargotillos y torrados blancos. Y como a pesar de no tolerar el mollate andaba siempre con un vaso en la mano, forzosamente se emborrachaba, aún sin él proponérselo, lo que sucedía un día sí, otro también, y el de en medio sin excepción. Menos mal que su pobre madre no dejaba de recriminarle aquel maldito vicio diciéndole: - ¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¡Que te sienta mal el vino!... ¡pues de lo cual me alegro!... ¡y peor que tenía que sentarte, para que así no lo probaras más!
Pero al final la mujer siempre claudicaba, por amor al hijo, claro, y le preparaba el tazón de leche con miel y pizquillas de chocolate rallado, que a la criatura le pirraba y se lo metía de una sentada entre pecho y espalda, aunque estuviera casi hirviendo. Tragaba como un lechón el muchacho de un embudillo que la madre le sujetaba a contra-labio para que no derramara ni una pizca, porque el zagal había nacido con un defectillo, y es que la comisura izquierda de su boca le llegaba casi hasta la oreja. 
Aquella deformación anatómica, o fisonómica, o las dos cosas a la vez, puesto que además de ser una mal función corporal era motivo de fealdad, confería a su cara un extraño aspecto muy difícil de explicar. 
Como decían los que le conocían: “cuando lo ves por primera vez, si te coge por sorpresa y dándote su lado izquierdo, no sabes si lo que tienes delante es un maniaco sexual, un retrasado mental o un payaso de feria”. 
Y en verdad así era, que según de qué lado se le mirase, si del izquierdo o del derecho, y según se encontrase de ánimo la criatura -que también contaba si estaba alegre, triste o ni una cosa ni la otra-, a veces te resultaba sólo un poco grotesco, otras veces incluso simpático y si me apuráis hasta angelical, pero otras veces la verdad es que llegaba a dar miedo.
Aunque lo peor de todo no era el defecto en sí mismo, pues todo en este mundo es cuestión de acostumbrarse por raro o feo que nos resulte. Lo malo, realmente, dado que Pepe Paco no conseguía plegar totalmente la comisura izquierda debido a la falta de tensión, a la exagerada longitud de ambos labios, y especialmente también a que su labio inferior era un belfo en toda regla; mucho más gordo y carnoso que el de arriba, era que la pobre criatura lucía continuamente un antiestético hilillo de babas, un churrete colgandero que le pendía de la boca y le goteaba sobre la pechera sin cesar, empapándole el chaleco por  más que él intentara evitarlo limpiándose una y otra vez con las mangas de la levita.
Pero el amor materno lo puede todo, y la madre, obviando la fealdad del muchacho, lo cubría de besos; le ponía el pijama de franela calentado al amor de la lumbre; le metía en la cama con una damajuana chica llena de agua tibia que usaban para calentarse los pies en invierno y, después de limpiarle bien las babas para que no se empapara el cobertor y atarle un babero limpio al gaznate, lo dejaba amorosamente arropado durmiendo la mona.
Pero ¡Quía!, en cuanto se le empezaba a pasar el lobazo, la criatura se levantaba, metía la mano en la caja de caudales secreta que la marquesa escondía bajo las enaguas de la Virgen, agarraba unas monedas y se escapaba a casa de Fifí, en donde le volvían a desplumar jugando al As Nas mientras se emborrachaba otra vez.
Claro que peor aún para su salud genital y para la de su bolsillo eran aquellos otros días, por suerte los menos, en los que le hervía la sangre, le rebosaba la testosterona y lo poseía la libido. Cuando eso sucedía, generalmente de noche, a la criatura lo dirigía una fuerza misteriosa que le atenazaba su pierna diestra ralentizándola, de manera que se veía obligado a derrotar poquito a poco hacia la derecha, y claro, en llegando a la plaza, sin querer queriendo, aunque la querencia de la costumbre le recomendaba ir a la izquierda, osea hacia la taberna de Fifi, él muchacho, sin embargo, se escoraba hacia la derecha dirigiéndose indefectiblemente hacia el Callejón de los Mártires, yendo a encajarse, como quien no quiere la cosa, exactamente bajo el farolillo rojo del zaguán de ‘La Casa de la Gloria’, donde las más despabiladas de las meretrices de plantilla, oliendo a dinero fresco, salían como moscas en cuanto le oían bufar.
Así las cosas, y como no veían en el muchacho un futuro prometedor para la saga, Agapito y Máxima dedicaron el resto de sus vidas a rezar y rogar a Dios y a Nuestra Señora del Bombo para que les concediera otro hijo, pensando ellos que seguramente en llegándoles ese otro retoño deseado y puesto que cuando se ha alcanzado el fondo de lo más malo ya no se puede seguir bajando, a la mala fortuna no le quedaría más remedio que favorecerles, y así, por malo que fuese el otro que les llegase, siempre sería mejor que el que hasta ahora conocían. Pero resultó, a la postre, que las plegarias del santo matrimonio no surtieron efecto jamás. Y es que, se ve que la virgen, hastiada de soporíferos rosarios murmurados, se hizo la sueca y no quiso interceder por ellos ante su omnipotente hijo el Altísimo, que es quien en verdad dicen los entendidos que tiene poder para resolver esos temas de engendramiento y hacer milagros. Así es que Pepe Paco, por mor de la Santa Madonna, hubo de ejercer siempre de titular y único heredero.
Pero el tiempo pasó, y un día, el mismo en el que Pepe Paco cumplía dieciocho años, quiso el destino que muriese inopinadamente su bendito padre a causa de un traicionero infarto de miocardio. 
Aquel día aciago, a las seis de la mañana, el hombre se despertó con un terrible dolor en el pecho. El marqués consorte, asustado, rogó encarecidamente a la marquesa que mandara llamar con urgencia al Doctor Condón. Pero el doctor, que era de sueño pesado y poco amigo de Hipócrates cuando se trataba de pacientes masculinos, tardó demasiado en llegar y, aunque el magnate luchó como un jabato por su vida, al cabo desfalleció. 
El hombre, sintiendo que llegaba ya su hora, acercó sus labios al oído de su mujer susurrando en él su última voluntad: “Maxi, cariño, yo sé que de esta no salgo, que ya estoy oliendo a la parca, por eso tú ahora debes ocuparte y hacer lo necesario para que nuestra saga y nuestro negocio perduren en el tiempo. Te lo ruego esposa mía, por lo más sagrado… Haz que el chiquillo case…, por lo que más quieras, cuanto antes… ¡Cásalo!” 
Y diciendo aquellas palabras abandonó el mundo de los vivos exhalando su último aliento vital en brazos de su mujer.
Al pobre Agapito lo enterraron como se merecía: con pompa solemne y deslumbrante boato, en un acto sinigual al que asistió la creme de la creme de la comarca, de la región y hasta del país.
Los familiares vistieron con sus mejores galas al difunto, que lució majestuoso en el onerosísimo ataúd de caoba y palo santo con incrustaciones de plata, jade y lapislázuli que la viuda eligió para él. 
Se contrató también para tan importantes exequias una banda de música militar de reconocidísima fama, con treinta y seis cornetas y veinticuatro tambores que interpretaron majestuosamente las más solemnes y conocidas marchas militares, desfilando en perfecta formación tras la suntuosa y magnífica carroza fúnebre y tirada esta por doce mulillas tordas, enjaezadas con brillantes bozales de campanillas de bronce y cascabeles de latón, equipados los equinos con testeras, taparrabos y quitapones confeccionados con finísimas lanas de angorina teñidas en rojo y gualda y vestidos los animales hasta las pezuñas con magníficas gualdrapas negras de purísima lana de Yak.
El alcalde, como no podía ser menos, declaró tres días de luto oficial y mandó engalanar la calle principal de la villa, desde la casa del finado hasta la mismísima puerta del ayuntamiento, lugar donde se detuvo la comitiva para que el juez de paz diera lectura al acta de nombramiento póstumo de hijo predilecto y alcalde honorifico, galardones ambos que le fueron otorgados por unanimidad en acuerdo plenario especial aquella misma mañana.
A continuación el gobernador y el Capitán de la Guardia Civil despidieron en nombre de todo el pueblo a tan ilustre ciudadano lanzando tres hurras, mientras un pelotón de carabineros disparaba una salva honorífica.
Desde allí partió el cortejo hacia el cementerio sobre una interminable alfombra de pétalos de rosas rojas, flanqueada con más de diez mil ramos de clavelinas amarillas y tres tiras de espectaculares guirnaldas de crisantemos blancos con más de doscientas docenas de flores cada una de ellas suspendidas con cordeles desde los balcones y las fachadas a modo de eterno palio sobre el féretro.
Al fastuoso sepelio, al que poco le faltó, si es que en realidad no llegó para que fuese aún más caro que el de Alejandro Magno ¡que ya es decir!, asistieron miles de personajes de todo el país. Incluso acudió una cohorte de nobles y cortesanos en representación del monarca, quien por supuesto habría asistido al acto de no haberse encontrado postrado en cama aquejado de un agudísimo ataque de gota.
La viuda, afligida y desconsolada por el inmenso e irremplazable vacío que habría de suponer en su vida la pérdida del marido amadísimo, no dejó de llorarlo ni un minuto durante más de cien días y un par de noches. Pero seguramente lloró aún más aquel día por la exasperación y la rabia que le produjo el bochornoso espectáculo que Pepe Paco le dio en el cementerio, quien, a punto de atravesar la puerta del campo santo la muy insigne comitiva, apareció de improviso, borracho como una cuba y semidesnudo, acompañado de diez o doce tunantes y cuatro fulanas jóvenes, las cuales, lanzando guirnaldas al aire y tocando unas panderetas danzaban y se rasgaban las vestiduras, mientras él, tambaleándose, balbuceaba con apenas un hilo de voz un espeluznante pasaje de la Divina Comedia asido mientras esto hacía de las axilas por Pierre le Fagot y otro, que se esforzaban en sujetarlo para que pudiese mantenerse en pie.
Cuando el muchacho logró dar término a su luctuosa letanía hizo una seña a las bailarinas, quienes, ya pagadas, al advertir la seña convenida, se desnudaron y descalzaron, yendo raudas a colocarse a la par de los porteadores del féretro, a quienes, mediante forcejeos y cucamonas arrebataron la caja fúnebre en peso, iniciando ellas la marcha de nuevo con la loable intención de trasportar al finado al panteón familiar, situado a unos cincuenta metros de la entrada. 
Pero no habían dado ni cinco pasos las mujeres, cuando a una de ellas, al pisar una piedrecilla, se le torció un tobillo y trastabillando aparatosamente fue a dar con sus huesos en el suelo. Las otras tres pelanduscas, incapaces de soportar el peso y contrarrestar la inercia de tan inesperado envión, comenzaron a vacilar y a desestabilizarse, hasta que en menos que canta un gallo y a pesar de que los hombres que más cerca se hallaban corrieron para hacerse con el féretro y evitar el desastre, éste terminó cayendo al suelo haciéndose añicos. 
El cadáver, al saltar la tapa y desclavarse los cuatro tablones laterales de la caja, salió disparado hacia el frente y sucedió que, debido a la rigidez del cuerpo por el rigor mortis y seguramente también como consecuencia del peso del par de pesados zapatones de plata maciza que portaba el finado -regalo de la viuda a su difunto para que este entrase con buen pie en el cielo-, el fiambre quedó de pie, plantado ante la puerta del cementerio como si estuviese vivo. 
Pero es que, además, para más inri, el golpe del cuerpo contra el terreno debió remover sus fluidos internos, los cuales, al regresar a su lugar de origen por efecto de la gravedad atraparon aire, gas que, al liberarse vehementemente, escapó tráquea arriba golpeando las cuerdas vocales del hombre provocándole un larguísimo y espeluznante eructo que a todos dejó pasmados. 
Se produjo entonces un silencio sepulcral, calma que al fin rompieron las plañideras gritando enajenadas: ¡Milagro! ¡Es un milagro divino! 
Al oír esto la chusma empezó a empujar hacia adelante, pues todos querían estar en primera fila para contemplar el presunto fenómeno de la resurrección. El cura, contagiado de la emoción de las mujeres, gritó también: ¡Nuestro hermano Agapito ha resucitado de entre los muertos! ¡Alabado sea el Santísimo que ha tenido a bien obrar esta maravilla! ¡Demos gracias a Dios! La banda de música, siguiendo la orden del maestro, se unió también al alborozo tocando un alegre himno marcial.
Pero la inefable algarabía se detuvo en seco de repente cuando, en medio de la enajenación general, el cadáver, jaleado y zarandeado por la muchedumbre, perdió la verticalidad y cayó al suelo inerte. 
A la viuda le dio un síncope y se desmayó. El capitán de la Guardia Civil despertó del letargo que la barahúnda le había producido y reaccionó mandando detener a Pepe Paco, el cual fue conducido al cuartelillo. 
Las masas se dispersaron entonces, y el magnate, envuelto en una manta, fue devuelto a su domicilio y, siguiendo las indicaciones del omnisciente doctor Condón, depositado en una artesa de madera, utensilio en el cual la familia escaldaba a los cerdos en época de matanza, y cubierto con hielo picado de pies a cabeza para que pudiese aguantar una noche más sin descomponerse, dadas las altísimas temperaturas de aquel calurosísimo día del mes de julio.
Así, como no podía ser de otra forma pues se estaba haciendo de noche ya, el entierro hubo de posponerse hasta las primeras luces de la siguiente jornada. Por lo que a los familiares y allegados, que maldijeron entre dientes a Pepe Paco, no les quedó más remedio que encarar con resignación otra noche de vela y plañidos, para el día postrero poder dar al fin, al vilipendiado cadáver, cristiana sepultura.

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