Jamás olvidaré cuando nos vimos cara a cara por primera vez en aquel banco del parque. Fue, es y será, algo mágico. ¿Recuerdas? nos miramos a los ojos a la luz de la luna e inmediatamente sentimos esa irresistible atracción que existe y existirá siempre entre nosotros. Aquella noche nos descubrimos el uno al otro, descubrimos que había algo que nos unía desde siempre sin nosotros saberlo, descubrimos esa química que nos vincula, que no se puede sintetizar porque es pura y básica y está en ti y en mí, venida de algún lugar del cosmos donde se forjó antes de que nosotros mismos existiéramos. Esa noche descubrimos la inigualable sensación que sentimos cuando nos tocamos, e inmediatamente, como si fuésemos dos imanes, sentimos también la necesidad de besarnos apasionadamente, como si nos hubiésemos estado buscando siempre, como si nos hubiésemos estado besando siempre, como si nos conociésemos de toda la vida. Y al besamos descubrimos ese sabor metálico, ese brebaje que nos hechiza cuando nuestros labios se unen y nuestras lenguas se tocan. Y ese escalofrío que nos embruja cuando se rozan nuestras manos y nuestras pieles se buscan desesperadamente.
Aquella noche se recreó entre nosotros el vínculo especial, ese vínculo que existía desde el principio de los tiempos, ese vinculo que es tan fuerte como la energía que mantiene unido el universo, tan fuerte o más que cualquier otra unión terrenal. Llámame loco, pero yo creo que tú y yo provenimos de una pequeña estrella que explotó hace miles de millones de años dispersando su materia por el cosmos, y que esos trozos desparramados han estado buscándose desde entonces y, mira por donde, un par de ellos se han encontrado aquí, en este planeta perdido, formando parte de tu cuerpo y del mío.