Estamos tan acostumbrados a las dimensiones de nuestro pequeño planeta Tierra y a las unidades de medida que habitualmente utilizamos en él, que llegamos a olvidarnos de la verdadera magnitud, de las «hechuras», de este Universo en el que vivimos.
Cuando miro al cielo, de noche, y veo todas esas estrellas lejanas titilando en la inmensidad del cosmos, a veces intento comprender cómo es que, siendo nosotros unos pequeños e indefensos animalitos, residentes advenedizos en este minúsculo planeta —uno de los dos hijos gemelos del tercer parto de una modesta y joven estrella amarilla—, nos creemos el centro del Universo.
Una estrella que desde hace cinco mil millones de años gira y gira sin cesar, perdida en la inmensidad de una galaxia cualquiera.
Todo en nuestro mundo va tan rápido y estamos tan ocupados y ensimismados en lo cotidiano, que raramente se nos ocurre pararnos a pensar qué sería de todos y cada uno de nosotros si, en el momento menos pensado, inopinadamente, se produjese algún cambio, por pequeño que este fuese, en las leyes que rigen y han regido, desde que nuestro Universo existe, la materia y la energía.
O si hubiese una alteración significativa en la esencia o la existencia de las partículas subatómicas, en su mecánica cuántica. O en el campo de Higgs, o en la antimateria, o en la materia o la energía oscuras. O, simplemente, si se produjese una pequeña variación de alguno de los parámetros gravitacionales o eléctricos que nos mantienen seguros y protegidos en esta jaula esférica, magnética y voladora, hecha de silicio, aluminio y hierro, en la que medramos creyéndonos los amos y señores de este nuestro querido y poco respetado, pero a la vez imprescindible, planeta anfitrión.
En esta órbita espacial en la que, aupados a lomos de la Tierra, discurrimos por el Universo con la tranquilidad del que conoce bien el camino, por haberlo seguido ya, con esta última vuelta, sesenta y dos veces desde el principio de los tiempos.
Para nosotros, los humanos, esta es la primera y será la última vez que orbitemos la galaxia acompañando al planeta.
Para hacernos una idea de la grandeza de este cosmos del que todos nosotros formamos parte, podemos imaginar, si queréis, un sistema proporcional a pequeña escala para tratar de, dentro de lo posible, hacer algo más comprensible dicha magnitud a nuestro cerebro.
Imaginaos que la Tierra es un grano de sal común que está orbitando a un guisante —el Sol—, situado a unos sesenta y cinco centímetros de distancia de ella, y ambos, a su vez, girando aproximadamente a media distancia entre el borde y el centro sobre un plato de loza de setenta y cinco mil millones de kilómetros de diámetro: la Vía Láctea.
¡Es increíble lo grande que es nuestra galaxia!
Incluso habiendo reducido proporcionalmente su tamaño, convirtiendo a nuestro planeta en un minúsculo grano de sal y a nuestro Sol en un guisante, aun así no somos capaces de comprender su increíble envergadura. Su diámetro, a pesar de la escala que hemos utilizado, todavía es tan inmenso que equivaldría a unas quinientas veces la distancia real que separa al Sol de la Tierra, considerando al Sol del tamaño de un guisante y a la Tierra como un grano de sal.
Tan vasta es la Vía Láctea que nuestro Sol tarda unos doscientos veinticinco millones de años en darle una vuelta completa.
Y ya han pasado todos esos millones de años desde la última vez que nuestra estrella pasó por este mismo lugar de la galaxia. Fue en este mismo sitio en el que ahora nos encontramos, pero en la vuelta anterior, hace ahora unos doscientos treinta millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios de la faz de la Tierra para siempre.
Y, a pesar de ser tan increíblemente colosal, de proporciones tan ininteligibles, nuestra galaxia es solo una de tantas: una espiral de tamaño modesto que pasa desapercibida, casi invisible, entre los cientos de miles de millones de galaxias existentes en el firmamento.
Pero, si las dimensiones de nuestra galaxia son escalofriantes, yo diría que más aún lo son las velocidades a las que discurrimos con ella por el espacio infinito.
Veréis: como todos sabemos, un automóvil es capaz de rodar sobre una buena autopista a un par de cientos de kilómetros por hora, poco más. Un avión comercial puede alcanzar velocidades de cerca de mil kilómetros por hora. El transbordador espacial estadounidense llegaba a alcanzar, durante su vuelo orbital, velocidades cercanas a los veintiocho mil kilómetros por hora.
Alucinante, ¿verdad? De vértigo.
Pues bien, agarraos a vuestros asientos, porque cualquiera de nosotros, en este mismo instante, estemos de pie o tumbados, en movimiento o inmóviles, e incluso mientras dormimos, en realidad nos estamos moviendo como centellas, mucho más rápido que cualquiera de los vehículos citados.
Ya de entrada, nuestro planeta gira sobre su eje y nosotros con él, a la nada despreciable velocidad de unos mil setecientos kilómetros por hora en el ecuador terrestre, aunque unos cientos menos en España.
Pero es que, además, volamos como una exhalación alrededor de nuestra estrella, a más de ciento siete mil kilómetros por hora.
Y, aún más: todos nosotros, en compañía de nuestros planetas hermanos y del propio Sol, orbitamos el centro de nuestra galaxia a una velocidad de cientos de miles de kilómetros por hora.
Pero eso no es todo.
Por si faltaba poco, nuestra galaxia tampoco está inmóvil en el cosmos, precisamente. También se desplaza a través del espacio a una velocidad que nuestra imaginación apenas puede concebir.
Para nuestro raciocinio, todo esto es pura ciencia ficción.
Lo que no deja lugar para la duda es que, en el seno abismal del cosmos infinito y viajando a estas velocidades vertiginosas a las que todo se mueve en él, en cualquier momento puede suceder algo imprevisto.
Si la Vía Láctea, o nuestro Sol, o cualquiera de los planetas hermanos, o incluso nuestra querida Luna, sufrieran un pequeño accidente, como, por ejemplo, una ligera colisión con otro objeto cósmico, grande o pequeño...
O si nuestra estrella madre vomitase una inmensa bola de energía, tan grande que nuestro escudo magnético terrestre no pudiese protegernos de ella.
O si, aquí en casa, se produjese una alteración importante del campo magnético terrestre.
O si, desde el Universo exterior, llegase hasta nosotros algún tipo de radiación letal procedente de la explosión de una estrella.
O si tuviésemos la mala suerte de que un agujero negro se acercara demasiado a nosotros...
Las consecuencias podrían ser devastadoras.
Y, en el peor de los casos, la vida en la Tierra desaparecería para siempre.
O, en el mejor, si no llegase a producirse una destrucción total de la vida en el planeta, con toda seguridad, como mínimo, de suceder alguno de estos supuestos, nos veríamos obligados a comenzar de nuevo.
Puede que, llegado el caso, aunque fuese por necesidad, resurgiésemos como humanos más humanitarios de lo que somos ahora.
Y puede que quienes, en esta segunda oportunidad, dictasen y estableciesen los axiomas y las bases de una nueva civilización lo hiciesen con la suficiente inteligencia, lucidez y loable vocación altruista como para que nuestra especie, la especie humana, a la que pertenecemos hombres y mujeres, todos los habitantes racionales del planeta sin excepción, creciese al margen del poder y la macroeconomía que ahora nos domina y esclaviza.
Y para que, en el nuevo mundo, se antepusieran siempre el sentido común y la cooperación absoluta y generalizada entre todos los individuos, en contraposición al afán desmedido de lucro y de poder que ahora impera entre nosotros.
Y para que aprendiésemos a valorar mucho más a cada uno de los individuos de nuestra especie y respetásemos a las demás especies que comparten con nosotros la Tierra.
Y para que, en fin, el lugar de nacimiento, el color de la piel o el idioma de cualquier hombre no supusiesen jamás diferencia alguna en derechos humanos, en estabilidad, en confort y en calidad de vida.
Porque no falta dinero, como nos quieren hacer creer los banqueros y sus jefes, los poderosos, a través de guiñoles y marionetas, mediante esos títeres que se dejan seducir por don Dinero y don Poder o, cuando menos, se dejan manipular y se animalizan hasta llegar al extremo de que, mientras dicen que hacen política, asisten desde sus escaños, impasibles e implacables, a miles y miles de desahucios de familias esclavizadas de por vida.
Familias antes condenadas a trabajar de sol a sol para que esos mismos que les dicen que no hay dinero, los que viven en palacios y grandes mansiones, en urbanizaciones de lujo, rodeados de vallas y vigilantes de seguridad que les separan «asépticamente» de sus esclavos —los pobres—, les den la oportunidad, a la chusma, de poseer una vivienda digna, aunque para ello deban hipotecarse de por vida.
No falta dinero, no.
¡Eso es mentira!
Lo que falta es voluntad para cooperar, para dejar de competir entre nosotros mismos, para dejar de robarnos unos a otros el dinero, el tiempo, el trabajo, la felicidad... y la vida.
Porque, siendo esta la única realidad tangible y siendo tan efímera y tan valiosa como es, la malgastamos obsesionados en amasar riquezas, ansiando compulsivamente poseer más bienes y propiedades que los demás.
En fin, aunque en realidad yo no creo que vaya a suceder nada fuera de lo normal el próximo veintiuno de diciembre, por si acaso, por si los mayas llevaban razón situando la fecha del 21/12/2012 como el fin de una época en su calendario, por si la comunidad científica que lo ha dado a conocer realmente ha sabido interpretar el mensaje de aquellos hombres —si es que había tal mensaje—, por si acaso, digo, quiero felicitaros a todos antes de ese famoso día.
Y desearos que, antes, durante y después de esta Navidad, seáis muy felices y hagáis muy felices a todos los que conviven con vosotros, y también a todos los que habitan a menos de veinte mil kilómetros a vuestro alrededor, viváis donde viváis, seáis de la bandera, la religión o el color que seáis.
Que miréis de vez en cuando al firmamento para recordar y tener siempre presente lo poca cosa que somos.
Que luchéis contra la opresión, que defendáis, por encima de todo, los derechos humanos y que no permitáis que nadie a vuestro alrededor pase hambre o frío.
Sed solidarios, por favor.
Y ojalá, a partir de hoy mismo, seáis capaces de disfrutar de cada nuevo día que amanezca como si fuera el primero y el último de vuestra vida.
Seguro que así, a todos nos irá mejor.
¡¡¡FELIZ NAVIDAD Y FELIZ EXISTENCIA A TODOS!!!