EL EXPERIMENTO
El estadio estaba completamente lleno. Ya no cabía ni un alfiler. Las gradas estaban abarrotadas de gente y un murmullo sonorísimo hacía que me sintiera sumido en un estado de sopor mágico.
Sentado sobre un cojín amarillo, en el número ciento diez de la fila once, miraba cómo, en el centro del gran rectángulo verde, los operarios terminaban de conectar los focos que iluminarían la plataforma de hierro sobre la cual se iba a llevar a cabo el experimento.
Había llegado a la puerta número tres hacia las siete y media de la tarde. Después de guardar cola más de dos horas, por fin había conseguido llegar a la ventanilla de venta de localidades y entregar fotocopia de mi carné de identidad, requisito imprescindible, según había leído en el impreso publicitario que encontré en el limpiaparabrisas de mi coche el día anterior.
Un tipo con cara de pocos amigos comprobó mi mayoría de edad. Le pagué el importe de la entrada y él me entregó un sobre con una papeleta amarilla en la que se me indicaba el lugar exacto en el que tenía que sentarme y un paquetito de plástico transparente que contenía una pequeña cápsula bicolor.
No pregunté para qué servía.
Era condición imprescindible sentarse al lado de personas totalmente desconocidas. Por eso, cada entrada que entregaban pertenecía a una localidad muy diferente de la anterior.
Aunque llegaban grupos de familiares, amigos y conocidos, según iban recibiendo la papeleta eran enviados a lugares aleatorios del estadio, de tal forma que no hubiera ninguna posibilidad de que pudieran sentarse juntos.
Al principio me pareció una extravagancia más de la organización.
Después comprendí que aquello era importante.
Muy importante.
Hacia las doce de la noche, las puertas del estadio se cerraron. Todas las localidades estaban ocupadas y el experimento iba a dar comienzo.
Se apagaron todos los focos y un potente rayo de luz iluminó una gran esfera de unos dos metros de diámetro, de color blanco radiante, que permanecía inmóvil sobre una base cóncava de hormigón, de forma que parecía un inmenso huevo sobre una huevera.
Se escuchaba un creciente rumor entre el público y fue aumentando cada vez más hasta que una voz grave y pausada pidió silencio con rotundidad.
Tras unos minutos, por fin, se fue apagando el murmullo hasta hacerse un estremecedor silencio en el estadio.
Sentí un escalofrío abrumador. Miles de personas en aquel lugar inmenso, a oscuras y en el más absoluto silencio, hacían que sintiera una extraña sensación que nunca antes había experimentado.
Aquella voz metálica volvió a hablar:
Les ruego traguen la cápsula azul y blanca que se les ha entregado antes de entrar y, a continuación, tomen las manos de las personas que están sentadas a los lados de cada uno de ustedes.
Obedecí.
La mano de un hombre sudoroso se cerró sobre la mía. Al otro lado, una mujer me agarró con fuerza.
Por un instante tuve la sensación de que una corriente eléctrica atravesaba mi cuerpo.
Pensé que era imaginación mía.
Adopten una postura lo más cómoda posible.
Reclínense en los asientos y relajen todos y cada uno de los músculos de su cuerpo.
No hablen, no tosan, no se muevan. Solo guarden silencio y procuren no pensar en nada.
Cerré los ojos durante unos segundos.
Cuando los abrí, la esfera seguía allí.
Blanca.
Inmensa.
Perfectamente inmóvil.
Tras varios minutos, la voz volvió a decir:
Ahora concentren sus miradas en la gran bola blanca...
Es una bola de mármol que pesa treinta mil kilogramos... Treinta toneladas.
Mírenla fijamente... Hagan que sus mentes visualicen el interior... Aunque es maciza y está dura, deben hacer que su mente penetre en ella... Penetren en la bola con su imaginación... Vayan avanzando, ahondando... Deben llegar al centro exacto de la esfera...
¿Lo ven ahora?... ¿Ven ya ese punto?... El minúsculo punto negro que está situado justamente en el centro de la esfera?...
Cerré los ojos.
Y lo vi.
No sé cómo explicarlo.
No era una imagen. No era un pensamiento.
Era simplemente un punto negro suspendido en alguna parte de mí.
Penetren en él... Siéntanlo... Tóquenlo con su mente... No piensen en otra cosa... Solo en ese punto negro... Es liviano... Flota... No pesa nada... ¡Concéntrense!
El hombre de mi derecha apretó mi mano.
La mujer de mi izquierda hizo lo mismo.
Y entonces sentí algo extraño.
Por primera vez tuve la certeza de que no estaba solo dentro de mi cabeza.
Ahora comenzaré a contar lentamente... y cuando llegue a diez... en el mismo instante en que escuchen la palabra diez, eleven el punto negro, tiren de él, levantándolo lentamente con su mente...
Guarden silencio y concéntrense solo en ese punto negro y levántenlo en el aire...
Uno... Dos... Tres... Cuatro... Cinco... Seis... Siete... Ocho... Nueve...
¡Diez!
La gran esfera de mármol comenzó a levitar suavemente.
Al principio pensé que era una ilusión.
Después ascendió un metro.
Dos.
Tres.
El murmullo de miles de personas recorrió el estadio como una ola.
La esfera siguió subiendo hasta alcanzar más de diez metros de altura.
El foco luminoso la seguía en su ascensión y todos los participantes estábamos extasiados, sintiendo un poder sobrenatural que nos hacía seguir empujándola mentalmente hacia arriba.
Entonces alguien gritó.
Un grito aterrador.
Miré hacia las gradas.
Sobre nosotros había aparecido un halo luminoso.
Al principio era apenas una bruma azulada. Después comenzaron a dibujarse entre las cabezas de la gente unos tenues rayos de luz turquesa que se cruzaban unos con otros.
Una especie de red.
Una gigantesca red luminosa que cubría todas las gradas del estadio.
Y entonces comprendí algo que todavía hoy no sé explicar.
La esfera ya no era el centro de nuestra atención.
Lo éramos nosotros.
Otro grito siguió al primero.
Y, al cabo de un instante, toda la gente gritaba histérica.
La red luminosa tembló.
Centelleó.
Y desapareció.
La bola de mármol cayó de golpe sobre la huevera de hormigón y la reventó en mil pedazos.
Se encendieron las luces del estadio.
Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la luz ambiental.
La voz metálica pidió calma y dio instrucciones para que abandonásemos el edificio de forma ordenada, pero el pánico se apoderó de muchas personas, que huyeron despavoridas hacia las salidas.
Las escaleras de acceso se colapsaron.
Miles de personas rodaban gradas abajo, aplastando a los que estaban en niveles inferiores.
Por suerte, yo estaba sentado muy cerca de uno de los accesos y conseguí llegar al pasillo principal en pocos segundos.
Pero muchos habían caído ya.
Los demás pasaban sobre ellos, pisándolos.
Vi un hueco entre una máquina expendedora de refrescos y una columna de hormigón. Me refugié allí para evitar ser arrollado y permanecí oculto hasta que, después de no sé cuánto tiempo, se hizo el silencio de nuevo.
Entonces salí de mi refugio.
Docenas de personas permanecían inmóviles en el suelo.
Me asomé al interior del estadio.
Vi cientos de cadáveres.
Y entonces miré mi mano.
La mano que había estado sujetando la del hombre de mi derecha.
Tenía una pequeña marca azul en la palma.
La misma marca que había visto, apenas un instante antes, en la mano de la mujer que estaba sentada a mi izquierda.
Después ya no recuerdo nada.
Ahora, no sé cuánto tiempo ha pasado exactamente, estoy sentado en una cama de no sé qué hospital, escribiendo estas palabras.
Acabo de preguntar dónde estoy.
Nadie me responde.
Hay una ventana frente a mí.
Fuera está oscuro.
Y hace unos minutos he visto pasar una luz azul por debajo de la puerta.
No sé qué era.
Pero acaba de pasar otra vez.
Y esta vez he sentido cómo alguien me apretaba la mano.

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