miércoles, 12 de agosto de 2026

LAS CAMPANAS DE MI PUEBLO



En las ciudades no lo apreciáis. Seguramente nunca escucháis campanas porque casi nunca tenéis torres de iglesias cerca o porque, aunque haya campanarios, no suelen tocar, a no ser que haya fiesta o jolgorio; y entonces, más que tañer, repican. Pero en los pueblos, sobre todo en pueblos pequeños como el mío, los distintos sonidos y las variadas cadencias de los sagrados cencerros son como una red social macabra que, sobre todo, informa a los parroquianos de desgracias, en especial de decesos.

Yo estoy acostumbrado a escuchar sus sones, igual que los pájaros de la vega de Castellar están acostumbrados a las palmadas que dan los hortelanos para espantarlos cuando picotean los frutos de las huertas. Es decir, hago caso omiso de sus tañidos porque estoy demasiado acostumbrado a oírlos.

Sí, sé que esa cadencia lenta y bronca, que, cual neblina espesa y plomiza, impregna de tristeza la villa, es siempre señal inequívoca de otro deceso reciente: una tétrica letanía de la última muerte anunciada. Pero no suelo preguntar nunca por quién redoblan las campanas; me sobrecoge la muerte y, por eso, no quiero saber quién nos dejó en las últimas horas.

Pero hoy, quizás por ocupar un silencio incómodo en una conversación casual en la calle, o por querer sentirme más próximo y locuaz con un amigo mientras departía con él en una esquina, pregunté:

—Oye, están tocando a muerto. ¿Quién ha sido?

Y cuando el interpelado me responde:

—Ha sido fulanito...

Me quedo paralizado, petrificado, roto.

¿Ha sido fulanito? Por Dios, no... Él no... ¿Cómo es que ha muerto? No puede ser. Yo no sabía que estaba enfermo. Sí sabía que estaba..., como decimos aquí..., delicado. Eso sí lo sabía... Pero ¿que ha muerto hoy? ¡No! Por Dios, no puedo creerlo.

Juro que, a partir de ahora, aunque nunca antes lo había hecho ni me había interesado, leeré las esquelas mortuorias que pegan con celo en los cristales de la puerta del estanco de abajo. Siempre antes de que suene el triste tañido de las campanas.

He obviado sus tristes tañidos demasiado tiempo. Y quizás..., la próxima vez me toque sentir la tristeza que pregonan mucho más de cerca.

Y un día... las campanas tañirán por mí.

Y ese día no podré escucharlas.

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