sábado, 20 de febrero de 2016
Desaparecido en Lyon.
lunes, 25 de enero de 2016
El resurgir de Alba
jueves, 8 de octubre de 2015
Ni "nóbel" ni "rádar"... sino todo lo contrario.
1. [m. Premio otorgado anualmente por la fundación sueca Alfred Nobel como reconocimiento de méritos excepcionales en diversas actividades.]
2. [com. Persona o institución galardonada con este premio.]
Tres cuartos de lo mismo sucede con otra palabra, muy de moda en la actualidad, que vincula la velocidad de los vehículos con la economía familiar o, como antiguamente se decía, la velocidad con el tocino; me estoy refiriendo al término *radar*.
lunes, 9 de marzo de 2015
lunes, 12 de enero de 2015
Cuatro patas para un banco.
y mi perro, desde la casa,
los miraba todo el rato.
asustado y timorato,
si a él le parecería bien
llevar sobre sus lomos a un gato,
y como el perro dijo que sí
subiósele encima ipso facto.
jueves, 4 de diciembre de 2014
La senectud de la rosa roja
La rosa roja
Una rosa roja lloraba muy compungida.
Se lamentaba la flor, en el ocaso de su vida,
de haber perdido su belleza, su fragor, su lozanía.
«¿Qué fue de las abejas que yo otrora atraía?»,
gritaba la flor angustiada y dolorida.
«¿Dónde están ahora mis bellas mariposas?
¿Qué fue de las libélulas?, ¿qué de las mariquitas?,
que no me acarician más desde que estoy marchita?
Yo ayer era la reina del jardín, de entre todas la preferida,
de los dueños de esta floresta la más querida.
Hoy maldigo al reloj del tiempo, que no cesa,
y a la belleza, que de mí se olvida». Eso decía.
Y el rosal que la acunaba, que hablar así la oía,
le dijo a la rosa roja de sus entrañas nacida:
«Rosita, hija, no te aflijas más, querida,
que tus hermanas, mis hijas, y las hijas de sus hijas,
todas ellas envejecerán un día,
y como tú, que siendo joven fuiste tan bonita
y después menos bella, aunque sabia entonces de la vida,
así les sucederá a ellas. Y a las que ahora tú envidias,
te lo aseguro, mi cielo, las dejarán de envidiar un día.
Otras vendrán que las harán a ellas viejas y malqueridas.
Porque eso, hija mía, es lo que acontece siempre: es ley de vida».
Autor: Dimas Luis Berzosa Guillén.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Pasaje del Diario De Abordo de la nave ECAP.
miércoles, 16 de julio de 2014
Desaparecido en Lyon.
domingo, 6 de julio de 2014
Tres en veintiuno.
miércoles, 11 de junio de 2014
Cuartetas para políticos mojigatos y codiciosos.
siempre fui de tu partido,
mas mi voto no mereces;
no cumples lo prometido.
viernes, 6 de junio de 2014
Diálogos. Ceres y Nicomedes II.
tú que mucho las conoces,
qué opinas de las mujeres
con respecto de los hombres.
miércoles, 4 de junio de 2014
Diálogos. Ceres y Nicomedes. I
dime tú, que tan sabio eres,
de la vida de las gentes qué prefieres:
¿pelo negro o blancas sienes?,
¿seres legos u omniscientes?,
¿farra, ruido o días silentes?,
¿garra y brío o mar de aceites?
domingo, 18 de mayo de 2014
sábado, 17 de mayo de 2014
Música... es
jueves, 15 de mayo de 2014
Retales de mi infancia
lunes, 12 de mayo de 2014
Cuando me haya ido.
domingo, 11 de mayo de 2014
Las gallinas de mi pueblo.
sábado, 10 de mayo de 2014
¿Quién soy yo?
Mi querida desconocida
Con la de hoy deben de ser más de mil ya las veces que te he mirado y admirado y, sin embargo, aún sigo sin atreverme a dirigirte la palabra. Es por eso que te escribo ahora esta misiva.
Hoy, como cada día a media mañana, llegaste por la acera de Las Carmelitas, calle arriba, hasta la Plazuela de Los Caños, y yo supe que llegabas, como cada día, porque oí tus pasos firmes acercándose a mi ventana y mi corazón, como siempre, siguió el ritmo de tu cadencia al caminar: primero presto, luego vivace, después allegro... Como en una sinfonía de sensaciones cuyos pasajes te traían hasta mí, ralentizando el tiempo.
Un segundo después, en apenas un suspiro, tu sombra ha cruzado fugaz ante mi ventana, y el tempo y mi corazón han comenzado a ralentizarse: moderato, andantino... adagietto... adagio... Sin prisa... Sin pausa.
Y tú ahora te detienes, como cada día, ante esa luna magnífica e incitante que te cautiva, que me roba tu presencia valiéndose de la luz y de la magia.
Tras el cristal, los terciopelos infestados de piedras preciosas y de joyas deslumbrantes, hijas de las estrellas y de los hombres, te atraen y te embelesan, casi tanto como tú, hija de la luz, me atraes y me embelesas a mí.
Y yo, como poseído de un mágico encantamiento, cuando tú llegas, inicio complacido el agradable y cotidiano ritual: dejo de escribir, me levanto de la silla, rodeo el escritorio, voy a apostarme tras la ventana y entreabro los visillos blancos de tul para poder contemplarte, como cada día a media mañana.
Y me quedo absorto, extasiado, empeñado en memorizar tu imagen durante todo el tiempo que tú permaneces allí, para que, después de que te hayas marchado, cuando cierre mis ojos reclinado en el sofá, pueda seguir mirándote, pueda seguir viéndote, aunque solo sea reviviendo tu recuerdo en mi cerebro.
Mi querida desconocida, hasta el día de hoy, hasta hace un instante apenas, creí que siempre sucedía así, pero hoy ha sido diferente. Hoy, inesperadamente, he caído en la cuenta, o mejor, he comprendido que, de todas esas veces que he creído estar observándote, ¡nunca!, ni una sola vez, te vi.
Ni ahora, ni hace apenas un instante, cuando de nuevo creí estar viéndote.
Es más, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que en realidad jamás te veré. A ti no. Es a la luz del Sol a la que vi, a la que veo y a la que veré cuando te miro.
Veo esa luz que nació hace millones de años, esa luz que se ha estado agitando desde entonces, empujando desesperadamente para abrirse camino, para escapar del corazón de la estrella que la alumbró. Esa misma luz que hoy, por fin, escapó como una exhalación de su densa cárcel de hidrógeno y de helio y, tras liberarse de las cadenas eternas de la gravedad, ha viajado hasta ti, alcanzándote en apenas ocho minutos.
Esa luz es mi verdad y la tuya.
Es la que me llega para contarme cómo te has vestido hoy, qué te has hecho en el pelo, si tu cara muestra que estás preocupada o feliz, o si ya te has dado cuenta de que te observo, como cada día.
Y si tú me miras o me ignoras, en realidad, también me lo cuenta ella.
Es esa luz la que yo veo; y no a ti. Es su reflejo el que me hace saber de ti. Son esos pequeños cuantos, de los que la luz está hecha, los que, después de atravesar el espacio y la atmósfera, llegan hasta mis ojos y traspasan mis córneas, mis cristalinos, mis pupilas y mis humores vítreos hasta alcanzar mis retinas, donde se convierten en impulsos eléctricos que mi cerebro interpreta a su manera.
Y mi cerebro, imaginando a su manera, según miles de patrones aprendidos y circunstanciales, cree saber cómo eres y le cuenta a mi conciencia todo sobre ti.
Pero ahora sé que esa no eres tú.
La imagen que ahora veo de ti es solo una sucesión de impulsos eléctricos generados por los reflejos de los antiquísimos fotones de nuestra estrella al impactar sobre los átomos que te cubren, aunque la mayoría de ellos ni siquiera pertenezcan a ti.
Y es algo parecido a lo que sucede cuando te oigo caminar mientras te alejas de mi ventana. No eres tú a quien yo escucho. Lo que oigo son las vibraciones del aire que llegan hasta mis tímpanos y los hacen vibrar; vibraciones que se transmiten a través de esos pequeños huesecillos que hay dentro de mis oídos —el martillo, el yunque, el estribo...— y que terminan transformándose en impulsos eléctricos que mi cerebro interpreta como sonido.
Mi querida desconocida, ojalá todos fuésemos ciegos e incapaces de oír sonidos. De esa forma, el mundo que hemos inventado entre todos, seguramente siguiendo designios naturales, sería mucho más real que este en el que, al parecer, todo lo que somos consiste en inconsistentes y falsas ilusiones de nuestro cerebro, basadas en reflejos de ondas seniles o intemporales y de energías vibratorias de átomos que no cesan de reencarnarse, fluyendo de ser en ser.
Porque quizá eso sea todo lo que somos: una sucesión de señales eléctricas, de recuerdos, de sensaciones y de imágenes que nuestro cerebro ordena y convierte en algo que llamamos realidad.
Quizá nunca lleguemos a saber cómo eres tú realmente.
Ni cómo soy yo.
Ni siquiera si ese «tú» y ese «yo» que creemos conocer existen más allá de las historias que nuestro cerebro se cuenta a sí mismo.
Mi querida desconocida, ahora sé que nunca te he visto.
Y, sin embargo, mañana, como cada día, volveré a esperarte detrás de los visillos.
Solo eso acierto a decirte ahora.
La familia hoy
Experimento en el estadio.
EL EXPERIMENTO
El estadio estaba completamente lleno. Ya no cabía ni un alfiler. Las gradas estaban abarrotadas de gente y un murmullo sonorísimo hacía que me sintiera sumido en un estado de sopor mágico.
Sentado sobre un cojín amarillo, en el número ciento diez de la fila once, miraba cómo, en el centro del gran rectángulo verde, los operarios terminaban de conectar los focos que iluminarían la plataforma de hierro sobre la cual se iba a llevar a cabo el experimento.
Había llegado a la puerta número tres hacia las siete y media de la tarde. Después de guardar cola más de dos horas, por fin había conseguido llegar a la ventanilla de venta de localidades y entregar fotocopia de mi carné de identidad, requisito imprescindible, según había leído en el impreso publicitario que encontré en el limpiaparabrisas de mi coche el día anterior.
Un tipo con cara de pocos amigos comprobó mi mayoría de edad. Le pagué el importe de la entrada y él me entregó un sobre con una papeleta amarilla en la que se me indicaba el lugar exacto en el que tenía que sentarme y un paquetito de plástico transparente que contenía una pequeña cápsula bicolor.
No pregunté para qué servía.
Era condición imprescindible sentarse al lado de personas totalmente desconocidas. Por eso, cada entrada que entregaban pertenecía a una localidad muy diferente de la anterior.
Aunque llegaban grupos de familiares, amigos y conocidos, según iban recibiendo la papeleta eran enviados a lugares aleatorios del estadio, de tal forma que no hubiera ninguna posibilidad de que pudieran sentarse juntos.
Al principio me pareció una extravagancia más de la organización.
Después comprendí que aquello era importante.
Muy importante.
Hacia las doce de la noche, las puertas del estadio se cerraron. Todas las localidades estaban ocupadas y el experimento iba a dar comienzo.
Se apagaron todos los focos y un potente rayo de luz iluminó una gran esfera de unos dos metros de diámetro, de color blanco radiante, que permanecía inmóvil sobre una base cóncava de hormigón, de forma que parecía un inmenso huevo sobre una huevera.
Se escuchaba un creciente rumor entre el público y fue aumentando cada vez más hasta que una voz grave y pausada pidió silencio con rotundidad.
Tras unos minutos, por fin, se fue apagando el murmullo hasta hacerse un estremecedor silencio en el estadio.
Sentí un escalofrío abrumador. Miles de personas en aquel lugar inmenso, a oscuras y en el más absoluto silencio, hacían que sintiera una extraña sensación que nunca antes había experimentado.
Aquella voz metálica volvió a hablar:
Les ruego traguen la cápsula azul y blanca que se les ha entregado antes de entrar y, a continuación, tomen las manos de las personas que están sentadas a los lados de cada uno de ustedes.
Obedecí.
La mano de un hombre sudoroso se cerró sobre la mía. Al otro lado, una mujer me agarró con fuerza.
Por un instante tuve la sensación de que una corriente eléctrica atravesaba mi cuerpo.
Pensé que era imaginación mía.
Adopten una postura lo más cómoda posible.
Reclínense en los asientos y relajen todos y cada uno de los músculos de su cuerpo.
No hablen, no tosan, no se muevan. Solo guarden silencio y procuren no pensar en nada.
Cerré los ojos durante unos segundos.
Cuando los abrí, la esfera seguía allí.
Blanca.
Inmensa.
Perfectamente inmóvil.
Tras varios minutos, la voz volvió a decir:
Ahora concentren sus miradas en la gran bola blanca...
Es una bola de mármol que pesa treinta mil kilogramos... Treinta toneladas.
Mírenla fijamente... Hagan que sus mentes visualicen el interior... Aunque es maciza y está dura, deben hacer que su mente penetre en ella... Penetren en la bola con su imaginación... Vayan avanzando, ahondando... Deben llegar al centro exacto de la esfera...
¿Lo ven ahora?... ¿Ven ya ese punto?... El minúsculo punto negro que está situado justamente en el centro de la esfera?...
Cerré los ojos.
Y lo vi.
No sé cómo explicarlo.
No era una imagen. No era un pensamiento.
Era simplemente un punto negro suspendido en alguna parte de mí.
Penetren en él... Siéntanlo... Tóquenlo con su mente... No piensen en otra cosa... Solo en ese punto negro... Es liviano... Flota... No pesa nada... ¡Concéntrense!
El hombre de mi derecha apretó mi mano.
La mujer de mi izquierda hizo lo mismo.
Y entonces sentí algo extraño.
Por primera vez tuve la certeza de que no estaba solo dentro de mi cabeza.
Ahora comenzaré a contar lentamente... y cuando llegue a diez... en el mismo instante en que escuchen la palabra diez, eleven el punto negro, tiren de él, levantándolo lentamente con su mente...
Guarden silencio y concéntrense solo en ese punto negro y levántenlo en el aire...
Uno... Dos... Tres... Cuatro... Cinco... Seis... Siete... Ocho... Nueve...
¡Diez!
La gran esfera de mármol comenzó a levitar suavemente.
Al principio pensé que era una ilusión.
Después ascendió un metro.
Dos.
Tres.
El murmullo de miles de personas recorrió el estadio como una ola.
La esfera siguió subiendo hasta alcanzar más de diez metros de altura.
El foco luminoso la seguía en su ascensión y todos los participantes estábamos extasiados, sintiendo un poder sobrenatural que nos hacía seguir empujándola mentalmente hacia arriba.
Entonces alguien gritó.
Un grito aterrador.
Miré hacia las gradas.
Sobre nosotros había aparecido un halo luminoso.
Al principio era apenas una bruma azulada. Después comenzaron a dibujarse entre las cabezas de la gente unos tenues rayos de luz turquesa que se cruzaban unos con otros.
Una especie de red.
Una gigantesca red luminosa que cubría todas las gradas del estadio.
Y entonces comprendí algo que todavía hoy no sé explicar.
La esfera ya no era el centro de nuestra atención.
Lo éramos nosotros.
Otro grito siguió al primero.
Y, al cabo de un instante, toda la gente gritaba histérica.
La red luminosa tembló.
Centelleó.
Y desapareció.
La bola de mármol cayó de golpe sobre la huevera de hormigón y la reventó en mil pedazos.
Se encendieron las luces del estadio.
Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la luz ambiental.
La voz metálica pidió calma y dio instrucciones para que abandonásemos el edificio de forma ordenada, pero el pánico se apoderó de muchas personas, que huyeron despavoridas hacia las salidas.
Las escaleras de acceso se colapsaron.
Miles de personas rodaban gradas abajo, aplastando a los que estaban en niveles inferiores.
Por suerte, yo estaba sentado muy cerca de uno de los accesos y conseguí llegar al pasillo principal en pocos segundos.
Pero muchos habían caído ya.
Los demás pasaban sobre ellos, pisándolos.
Vi un hueco entre una máquina expendedora de refrescos y una columna de hormigón. Me refugié allí para evitar ser arrollado y permanecí oculto hasta que, después de no sé cuánto tiempo, se hizo el silencio de nuevo.
Entonces salí de mi refugio.
Docenas de personas permanecían inmóviles en el suelo.
Me asomé al interior del estadio.
Vi cientos de cadáveres.
Y entonces miré mi mano.
La mano que había estado sujetando la del hombre de mi derecha.
Tenía una pequeña marca azul en la palma.
La misma marca que había visto, apenas un instante antes, en la mano de la mujer que estaba sentada a mi izquierda.
Después ya no recuerdo nada.
Ahora, no sé cuánto tiempo ha pasado exactamente, estoy sentado en una cama de no sé qué hospital, escribiendo estas palabras.
Acabo de preguntar dónde estoy.
Nadie me responde.
Hay una ventana frente a mí.
Fuera está oscuro.
Y hace unos minutos he visto pasar una luz azul por debajo de la puerta.
No sé qué era.
Pero acaba de pasar otra vez.
Y esta vez he sentido cómo alguien me apretaba la mano.
Navidad intergalactica
Por Dimas L. Berzosa Guillén.
Estamos tan acostumbrados a las dimensiones de nuestro pequeño planeta Tierra y a las unidades de medida que habitualmente utilizamos en él, que llegamos a olvidarnos de la verdadera magnitud, de las «hechuras», de este Universo en el que vivimos.
Cuando miro al cielo, de noche, y veo todas esas estrellas lejanas titilando en la inmensidad del cosmos, a veces intento comprender cómo es que, siendo nosotros unos pequeños e indefensos animalitos, residentes advenedizos en este minúsculo planeta —uno de los dos hijos gemelos del tercer parto de una modesta y joven estrella amarilla—, nos creemos el centro del Universo.
Una estrella que desde hace cinco mil millones de años gira y gira sin cesar, perdida en la inmensidad de una galaxia cualquiera.
Todo en nuestro mundo va tan rápido y estamos tan ocupados y ensimismados en lo cotidiano, que raramente se nos ocurre pararnos a pensar qué sería de todos y cada uno de nosotros si, en el momento menos pensado, inopinadamente, se produjese algún cambio, por pequeño que este fuese, en las leyes que rigen y han regido, desde que nuestro Universo existe, la materia y la energía.
O si hubiese una alteración significativa en la esencia o la existencia de las partículas subatómicas, en su mecánica cuántica. O en el campo de Higgs, o en la antimateria, o en la materia o la energía oscuras. O, simplemente, si se produjese una pequeña variación de alguno de los parámetros gravitacionales o eléctricos que nos mantienen seguros y protegidos en esta jaula esférica, magnética y voladora, hecha de silicio, aluminio y hierro, en la que medramos creyéndonos los amos y señores de este nuestro querido y poco respetado, pero a la vez imprescindible, planeta anfitrión.
En esta órbita espacial en la que, aupados a lomos de la Tierra, discurrimos por el Universo con la tranquilidad del que conoce bien el camino, por haberlo seguido ya, con esta última vuelta, sesenta y dos veces desde el principio de los tiempos.
Para nosotros, los humanos, esta es la primera y será la última vez que orbitemos la galaxia acompañando al planeta.
Para hacernos una idea de la grandeza de este cosmos del que todos nosotros formamos parte, podemos imaginar, si queréis, un sistema proporcional a pequeña escala para tratar de, dentro de lo posible, hacer algo más comprensible dicha magnitud a nuestro cerebro.
Imaginaos que la Tierra es un grano de sal común que está orbitando a un guisante —el Sol—, situado a unos sesenta y cinco centímetros de distancia de ella, y ambos, a su vez, girando aproximadamente a media distancia entre el borde y el centro sobre un plato de loza de setenta y cinco mil millones de kilómetros de diámetro: la Vía Láctea.
¡Es increíble lo grande que es nuestra galaxia!
Incluso habiendo reducido proporcionalmente su tamaño, convirtiendo a nuestro planeta en un minúsculo grano de sal y a nuestro Sol en un guisante, aun así no somos capaces de comprender su increíble envergadura. Su diámetro, a pesar de la escala que hemos utilizado, todavía es tan inmenso que equivaldría a unas quinientas veces la distancia real que separa al Sol de la Tierra, considerando al Sol del tamaño de un guisante y a la Tierra como un grano de sal.
Tan vasta es la Vía Láctea que nuestro Sol tarda unos doscientos veinticinco millones de años en darle una vuelta completa.
Y ya han pasado todos esos millones de años desde la última vez que nuestra estrella pasó por este mismo lugar de la galaxia. Fue en este mismo sitio en el que ahora nos encontramos, pero en la vuelta anterior, hace ahora unos doscientos treinta millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios de la faz de la Tierra para siempre.
Y, a pesar de ser tan increíblemente colosal, de proporciones tan ininteligibles, nuestra galaxia es solo una de tantas: una espiral de tamaño modesto que pasa desapercibida, casi invisible, entre los cientos de miles de millones de galaxias existentes en el firmamento.
Pero, si las dimensiones de nuestra galaxia son escalofriantes, yo diría que más aún lo son las velocidades a las que discurrimos con ella por el espacio infinito.
Veréis: como todos sabemos, un automóvil es capaz de rodar sobre una buena autopista a un par de cientos de kilómetros por hora, poco más. Un avión comercial puede alcanzar velocidades de cerca de mil kilómetros por hora. El transbordador espacial estadounidense llegaba a alcanzar, durante su vuelo orbital, velocidades cercanas a los veintiocho mil kilómetros por hora.
Alucinante, ¿verdad? De vértigo.
Pues bien, agarraos a vuestros asientos, porque cualquiera de nosotros, en este mismo instante, estemos de pie o tumbados, en movimiento o inmóviles, e incluso mientras dormimos, en realidad nos estamos moviendo como centellas, mucho más rápido que cualquiera de los vehículos citados.
Ya de entrada, nuestro planeta gira sobre su eje y nosotros con él, a la nada despreciable velocidad de unos mil setecientos kilómetros por hora en el ecuador terrestre, aunque unos cientos menos en España.
Pero es que, además, volamos como una exhalación alrededor de nuestra estrella, a más de ciento siete mil kilómetros por hora.
Y, aún más: todos nosotros, en compañía de nuestros planetas hermanos y del propio Sol, orbitamos el centro de nuestra galaxia a una velocidad de cientos de miles de kilómetros por hora.
Pero eso no es todo.
Por si faltaba poco, nuestra galaxia tampoco está inmóvil en el cosmos, precisamente. También se desplaza a través del espacio a una velocidad que nuestra imaginación apenas puede concebir.
Para nuestro raciocinio, todo esto es pura ciencia ficción.
Lo que no deja lugar para la duda es que, en el seno abismal del cosmos infinito y viajando a estas velocidades vertiginosas a las que todo se mueve en él, en cualquier momento puede suceder algo imprevisto.
Si la Vía Láctea, o nuestro Sol, o cualquiera de los planetas hermanos, o incluso nuestra querida Luna, sufrieran un pequeño accidente, como, por ejemplo, una ligera colisión con otro objeto cósmico, grande o pequeño...
O si nuestra estrella madre vomitase una inmensa bola de energía, tan grande que nuestro escudo magnético terrestre no pudiese protegernos de ella.
O si, aquí en casa, se produjese una alteración importante del campo magnético terrestre.
O si, desde el Universo exterior, llegase hasta nosotros algún tipo de radiación letal procedente de la explosión de una estrella.
O si tuviésemos la mala suerte de que un agujero negro se acercara demasiado a nosotros...
Las consecuencias podrían ser devastadoras.
Y, en el peor de los casos, la vida en la Tierra desaparecería para siempre.
O, en el mejor, si no llegase a producirse una destrucción total de la vida en el planeta, con toda seguridad, como mínimo, de suceder alguno de estos supuestos, nos veríamos obligados a comenzar de nuevo.
Puede que, llegado el caso, aunque fuese por necesidad, resurgiésemos como humanos más humanitarios de lo que somos ahora.
Y puede que quienes, en esta segunda oportunidad, dictasen y estableciesen los axiomas y las bases de una nueva civilización lo hiciesen con la suficiente inteligencia, lucidez y loable vocación altruista como para que nuestra especie, la especie humana, a la que pertenecemos hombres y mujeres, todos los habitantes racionales del planeta sin excepción, creciese al margen del poder y la macroeconomía que ahora nos domina y esclaviza.
Y para que, en el nuevo mundo, se antepusieran siempre el sentido común y la cooperación absoluta y generalizada entre todos los individuos, en contraposición al afán desmedido de lucro y de poder que ahora impera entre nosotros.
Y para que aprendiésemos a valorar mucho más a cada uno de los individuos de nuestra especie y respetásemos a las demás especies que comparten con nosotros la Tierra.
Y para que, en fin, el lugar de nacimiento, el color de la piel o el idioma de cualquier hombre no supusiesen jamás diferencia alguna en derechos humanos, en estabilidad, en confort y en calidad de vida.
Porque no falta dinero, como nos quieren hacer creer los banqueros y sus jefes, los poderosos, a través de guiñoles y marionetas, mediante esos títeres que se dejan seducir por don Dinero y don Poder o, cuando menos, se dejan manipular y se animalizan hasta llegar al extremo de que, mientras dicen que hacen política, asisten desde sus escaños, impasibles e implacables, a miles y miles de desahucios de familias esclavizadas de por vida.
Familias antes condenadas a trabajar de sol a sol para que esos mismos que les dicen que no hay dinero, los que viven en palacios y grandes mansiones, en urbanizaciones de lujo, rodeados de vallas y vigilantes de seguridad que les separan «asépticamente» de sus esclavos —los pobres—, les den la oportunidad, a la chusma, de poseer una vivienda digna, aunque para ello deban hipotecarse de por vida.
No falta dinero, no.
¡Eso es mentira!
Lo que falta es voluntad para cooperar, para dejar de competir entre nosotros mismos, para dejar de robarnos unos a otros el dinero, el tiempo, el trabajo, la felicidad... y la vida.
Porque, siendo esta la única realidad tangible y siendo tan efímera y tan valiosa como es, la malgastamos obsesionados en amasar riquezas, ansiando compulsivamente poseer más bienes y propiedades que los demás.
En fin, aunque en realidad yo no creo que vaya a suceder nada fuera de lo normal el próximo veintiuno de diciembre, por si acaso, por si los mayas llevaban razón situando la fecha del 21/12/2012 como el fin de una época en su calendario, por si la comunidad científica que lo ha dado a conocer realmente ha sabido interpretar el mensaje de aquellos hombres —si es que había tal mensaje—, por si acaso, digo, quiero felicitaros a todos antes de ese famoso día.
Y desearos que, antes, durante y después de esta Navidad, seáis muy felices y hagáis muy felices a todos los que conviven con vosotros, y también a todos los que habitan a menos de veinte mil kilómetros a vuestro alrededor, viváis donde viváis, seáis de la bandera, la religión o el color que seáis.
Que miréis de vez en cuando al firmamento para recordar y tener siempre presente lo poca cosa que somos.
Que luchéis contra la opresión, que defendáis, por encima de todo, los derechos humanos y que no permitáis que nadie a vuestro alrededor pase hambre o frío.
Sed solidarios, por favor.
Y ojalá, a partir de hoy mismo, seáis capaces de disfrutar de cada nuevo día que amanezca como si fuera el primero y el último de vuestra vida.
Seguro que así, a todos nos irá mejor.


















