domingo, 7 de febrero de 2016

El entierro del siglo.



Pepe Paco, entre otras cosas innombrables, era un tarambana, un manirroto y un vicioso empedernido. No sabría deciros si invertía más tiempo rondando en paños menores por los pasillos del lupanar de su amiga Mati, o meneando naipes y escanciando chatos en el local de enfrente, al otro lado de la Plaza del Altozano, en el bistró de Fifí, una pequeña y acogedora taberna regentada por un conocido gabacho al que todos conocían por el apodo que le colocó Don Benedicto Mariano de los Santos Iglesias, el párroco de Santa María del Bombo, jesuita y políglota a la sazón, que fue quien le endilgó al galo, nada más verlo por primera vez, el sobrenombre de  Pierre le Faggot, para los amigos Fifí.

lunes, 25 de enero de 2016

El resurgir de Alba




Alba era para Andrés lo que un intérprete es a un compositor. Comprendía con exactitud matemática los cambios que se producían en el estado de ánimo de él, y podía descifrar la melodía que manaba de su alma leyéndola, como si de una partitura musical se tratase. Siempre conseguía conjugar su cambiante tempo, ya fuese este piano, andante, allegro o prestissimo; aunque fuese tan inestable que, a veces, resultase casi imposible de seguir. 


martes, 29 de septiembre de 2015

Unos párrafos de mi novela "Rufo"

Hoy Monti entró en nuestra habitación a toda velocidad, echó dos vueltas de llave y se lanzó sobre mí en plancha. Sin darme tiempo a reaccionar, me tapó la boca con una mano y con el índice de la otra gesticuló con vehemencia pidiéndome que guardara silencio.

Debían de haber transcurrido treinta o cuarenta minutos, a lo sumo, desde que acabamos de comer. Yo, como siempre, tras tomar el último bocado había subido al cuarto para echar una cabezada. Ya sabes, querido diario, que eso es lo que hago todos y cada uno de los santos días, aunque caigan chuzos de punta. Desde luego lo último que esperaba hoy es que nadie, ni siquiera él, viniera a fastidiarme el momento más placentero del día.
Además, Monti no es de siesta, ni de sofá, a él se lo comen los nervios si tiene que permanecer echado en un colchón o sentado en una silla durante mucho rato. La verdad es que ¡nunca para quieto! 
Después de comer, si hace frío o llueve, suele quedarse en el salón grande, jugando al pañuelo o a las peleas con los demás chavales. Cuando hace calor, como ahora, baja al río a bañarse, o zascandilea solo por los campos en busca de emociones.

domingo, 12 de abril de 2015

Abrazos furtivos

***LA NOCHE ***

A veces, desde que te marchaste, cuando me despierto en medio de la noche en mi habitación acunado por la oscuridad y mecido por el silencio, mientras estoy en ese estado mágico de duermevela en el que siempre se consigue lo que se anhela, sin apenas esfuerzo, logro detener el tiempo.
Y entonces puedo hacer realidad cualquier pensamiento. Cualquier situación que desee se materializa y sucede en realidad y soy capaz de manipular a cronos, como si de una moviola se tratase, yendo hacia adelante y hacia atrás a voluntad. Viviendo y reviviendo una y otra vez, decenas de veces, cada instante deseado.
Y puedo ver, oír, oler, gustar y tocar. Sentir miedo, compasión, rabia, deseo, ira..., y todas las emociones son reales. Y las cosas acontecen y transcurren de la misma forma y con la misma esencia con la que suceden en la otra realidad; en la realidad consciente de la luz y el espacio; en esa siniestra realidad en la que casi todos estamos obligados a ocultar lo que sentimos, a acallar nuestros deseos y a fingir casi siempre diciendo y haciendo lo que los demás esperan de nosotros, aunque lo que les mostremos no sea verdad, aunque no nos beneficie a ninguno.

martes, 17 de marzo de 2015

El brillante de Cuevas de la Maganta.



 (Algunas líneas de un capítulo de mi novela, en ciernes.)

Avelino era alto, desgarbado y seco como un palo. Y aunque era más bien guapo que feo, daba un poco de miedo mirarle a la cara, porque, estando en penumbra sus vivaces ojos verdes refulgían como si tuviesen brillo propio, y si lo mirabas a plena luz, sus diminutas e inquietas pupilas negras se te clavaban en el sentido e intimidaban al más pintado.
Seguramente era por esa mirada suya, tan apabullante y siniestra, por lo que le llamaban el Gato, aunque es de suponer que algo tendría que ver también la barba con la que adornaba su faz: una especie de perilla rubia y lacia acabada en dos mechoncillos casi blancos, como los que tienen las chivas de los linces ibéricos, la cual, junto con sus taimados ojillos, otorgaba a su semblante un marcado aire astuto y ladino.
El Gato vivía con su madre, María Juana Pacheco, apodada la Rica porque tras enviudar a los treinta y dos años de edad heredó de su marido, Manuel Fonseca, más conocido como Manolillo el del Brillante, una finca de olivos hermosísimos y generosos, de esos que a poco que les caigan cuatro chaparradas, cómo y cuándo es menester, son capaces de echar doscientos kilos de aceitunas. 
El olivar, en verdad, era una bendición, a pesar de que Paca, la Rata, amiga íntima de María Juana desde la infancia, se empeñase en que aquella finca estaba maldita y le hiciese malas tripas a la viuda con la pretendida agorería. Decía la buena mujer que Manolillo había muerto tan joven por haber comprado aquel campo.

lunes, 9 de marzo de 2015

lunes, 12 de enero de 2015

Cuatro patas para un banco.



Un pájaro se posó
sobre la testa de un gato,
y mi perro, desde la casa,
los miraba todo el rato.


El maullador pregunto al perrillo,
asustado y timorato,
si a él le parecería bien
llevar sobre sus lomos a un gato,
y como el perro dijo que sí
subiósele encima ipso facto.

jueves, 4 de diciembre de 2014

La senectud de la rosa roja




Una rosa roja lloraba muy compungida,

se lamentaba la flor, en el ocaso de su vida,

de haber perdido su belleza, su fragor, su lozanía. 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Pasaje del Diario De Abordo de la nave ECAP.


En Krim-Krum existe la vida. Las criaturas más evolucionadas de este lugar son los srewolf, unos seres de color verde oscuro, temblorosos y ligeros, que se desplazan moviendo dos apéndices terminados en una suerte de hojas lobuladas que apoyan sobre el suelo con alternación. Un par de largos y flexibles zarcillos prensiles, que les brotan del tercio superior del tronco, rígido y hueco, les sirven para manipular y asirse a su mundo. Y sus cuerpos están rematados por una especie de cabellera, unos llamativos cúlmenes peludos, enmarañados y  rojizos,  a los que llaman stoor. 

jueves, 2 de octubre de 2014

ROBÁNDOME EL ALMA.



El viento mece a los álamos, y los perros ladran fuera.
Hoy huele a tierra mojada,  como ayer.
Llueve a lo lejos y cayó la noche otra vez
mientras yo me aferro al néctar de tus besos.


miércoles, 16 de julio de 2014

Desaparecido en Lyon.

Breve fragmento del segundo capítulo de DESAPARECIDO EN LYON (novela).

Arturo tendría unos cincuenta años de edad. Su mirada profunda, y el brillo especial de sus expresivos ojos azules, hacían que pareciera mucho más joven.
Exceptuando su pelo, que ahora era cano y escaso, a Adela le pareció que no habían pasado los años por él. Además, estaba mucho más delgado, lo que le hacía parecer más alto. 
Vestía una magnífica camisa de seda blanca, seguramente hecha a medida a juzgar por lo bien que le quedaba, adornada con un par de bonitos gemelos de oro con pequeños granates engastados y un sujeta corbatas a juego, con un águila dorada en el centro, que lucía imponente sobre una magnífica corbata de raso negro surcada por finas líneas multicolores. E iba enfundado en un caro y flamante traje de color gris marengo de suave paño de primerísima calidad.
Arturo se acercó a ella sonriente y la abrazó. Hacía unos minutos que Adela había llegado a la cafetería del aeropuerto. Lo esperaba nerviosa, deseando subir cuanto antes al Airbus que debía llevarlos a Lyon.


domingo, 6 de julio de 2014

Tres en veintiuno.

Un  fragmento del inicio del primer capítulo de TRES EN EL VEINTIUNO (novela).



El despertador del móvil reprodujo a todo volumen un corto fragmento de “Air on the G String”, la soberbia y sempiterna obra de Bach. Luego la música cesó y el artilugio comenzó a vibrar incesantemente, repitiendo interminables tandas de ruidosos golpeteos mientras serpenteaba desbocado por la superficie acristalada de la mesa de noche. 
El doctor Orate Odalach, medio aturdido aún, asomó su cabeza por entre media docena de almohadas de raso blanco e hizo un barrido de reconocimiento, abriendo las orejas y girando su cabeza en redondo para intentar averiguar la procedencia de la fastidiosa barahúnda. Tras localizar la fuente de su desvelo y reponerse del sobresalto frunció el ceño malhumorado y alargó el brazo para acallar los monótonos cencerreos del cargante artilugio. 
Exactamente cuatro milisegundos más tarde sus párpados cayeron pesadamente cual dos muros de hormigón arrojados desde lo alto de un edificio y volvió a quedarse profundamente dormido mientras un hilillo de saliva, que escapaba sigiloso por entre la comisura de sus labios, se abría camino hacia las sábanas de raso blanco serpenteando entre los pelos de su barba. 


miércoles, 11 de junio de 2014

lunes, 9 de junio de 2014

Tejeduría de lux.

Breve fragmento del primer capítulo de mi novela en ciernes: TEJEDURÍA DE LUX.


CAPÍTULO I

Tocaba a su fin la primavera de mil novecientos nueve, cuando nació Agapito, fruto del amor, inefable, por cierto, para casi todos los que conocían bien a sus progenitores, entre Agustina Ponte Abajo, hija única del fundador de la compañía zapatera Opa-Denguno, y Casimiro Mira Salido, un clérigo salmantino arrepentido, que abandonó los hábitos súbitamente por amor a ella, yendo a casarse, en primeras nupcias, claro, pues era cura entonces, con aquella zurumbática y, mire usted por donde, sin embargo adinerada mujer.

viernes, 6 de junio de 2014

Diálogos. Ceres y Nicomedes II.

Dime al punto Nicomedes,
tú que mucho las conoces, 
qué opinas de las mujeres
con respecto de los hombres.

miércoles, 4 de junio de 2014

Diálogos. Ceres y Nicomedes. I

Queridisimo amigo, mi admirado Ceres,
dime tú, que tan sabio eres,
de la vida de las gentes qué prefieres:
¿pelo negro o blancas sienes?,
¿seres legos u omniscientes?,
¿farra, ruido o días silentes?,
¿garra y brío o mar de aceites?

sábado, 17 de mayo de 2014

Música... es




CUANDO EL MURMULLO SE ACABA Y SE HACE POR FIN EL SILENCIO.
CUANDO LAS LUCES SE APAGAN Y UN FOCO COMIENZA A BRILLAR.
CUANDO LAS NOTAS DE UN PIANO ACARICIAN EL AIRE FLUYENDO.
CUANDO LA MÚSICA INUNDA MI MUNDO Y EL TUYO ¡YO QUIERO CANTAR!

viernes, 16 de mayo de 2014

Los vagabundos

Fragmento de <Los Vagabundos>; novela en ciernes, aún pendiente del soplo de los hados, y de mi determinación, para ser acabada.

.../...

El General, que no dejaba de bostezar, insinuó a sus amigos que ya iba siendo hora de dormir.
-Ha sido un día muy largo, deberíamos preparar ya un catre para acostarnos.
Inmediatamente los tres hombres dieron por terminada la conversación. Sacaron de la habitación trastera unos tapices de algodón de grandes dimensiones y apilaron varios de ellos a modo de colchón, dejando otro encima para cubrirse.
-Creo que, aquí dormiremos estupendamente, ¿no os parece?- dijo Tino.
-De acuerdo. Pero yo me colocaré en medio de vosotros dos. Y por supuesto la luz se quedará encendida toda la noche.- Advirtió Lázaro.
-Como quieras General. Respondió Tino.
Goliat gritó malhumorado. –Eh, General, yo no puedo dormir con la luz encendida. Lo siento pero tendremos que apagarla, si no no pegaré ojo.
-De eso nada grandullón, la luz se quedará encendida. 
-Por Dios Lázaro, eres tan cobarde como un niño pequeño. Parece mentira que hayas sido militar.
-Mira gordinflón, tengo más valor del que tu puedas imaginar y no me da miedo nada ni nadie... excepto los cementerios y las iglesias. Es verdad que por nada del mundo dormiría en un cementerio, y pensaba que jamás lo haría en una iglesia, y… ¡Mira tú por dónde…¡, todo por tu maldita culpa.

jueves, 15 de mayo de 2014

Retales de mi infancia


EL SUBMARINO

Aquella tarde, como casi todas a mis doce años de edad, había quedado con mi buen amigo Paco, el enterrador lo llamaba yo, porque le dio durante una larga temporada por acompañar a todos y cada uno de los entierros que se oficiaban en nuestro pueblo. No importaba si el finado era joven o viejo, hombre o mujer, rico o pobre, gitano o payo..., en cuanto las campanas de alguna de las dos iglesias del pueblo tañían su melodía de triste y pausada cadencia llamando a sepelio, Paco aparecía en el portal de mi casa, compeliéndome a que le acompañara en aquel místico acto de caridad. 
A pesar de que muchas veces no nos unía ninguna relación con el difunto; y en la mayoría de las ocasiones ni siquiera con ninguno de sus familiares más alejados, ambos, él libremente, y yo constreñido por él, nos presentábamos en el domicilio donde se había producido el óbito, y con pasmosa diligencia atravesábamos estancia tras estancia; Paco erguido y solemne; yo tras él, abochornado y rojo como la grana, pegado a su espalda en un vano intento de pasar desapercibido bajo decenas de miradas lánguidas y compungidas, hasta llegar junto al cuerpo exánime donde, de pie, permanecíamos los dos en silencio.

lunes, 12 de mayo de 2014

Cuando me haya ido.





ESPÉRAME JUNTO AL MAR, MI AMOR,
ESTA NOCHE Y TODAS.
ESPÉRAME JUNTO AL MAR, MI FLOR,
DONDE SALPICAN LAS OLAS.

domingo, 11 de mayo de 2014

La creación del hombre.

IDEA PRÍSTINA DEL CREADOR

Espejismo.


CAPÍTULO I.

          Assrraakk dijo: Quisiera saber todo sobre ti; puedo aprender la lógica que empleas en tus razonamientos, puedo intuir los miles de conceptos que emergen de tu pensamiento, pero aún no soy capaz de enlazarlos completamente en estructuras comprensibles para mí. 
Comprendo y puedo utilizar los términos fonéticos que utilizas. También la interpretación que haces de tu propia realidad. Pero entiende que nunca antes he imaginado nada parecido. He de hacerte muchas preguntas cuyas respuestas servirán para enseñarme a sentir y ser lo que tú eres y cómo existes en tu dimensión.
          - Puedes preguntarme lo que quieras y te responderé con agrado. ¡Adelante!

Las gallinas de mi pueblo.



Sábado por la tarde. Las gallinas caminan raudas, meneando sus grandes panderos al son de las campanadas.
Oyeron el primero, que fue toque de aviso. El segundo, que lo fue de confirmación, hizo que revolotearan impacientes y nerviosas. Y, como remate inapelable, está sonando ya la tercera serie de pastosas campanadas; la misma que, de forma inexorable, proclama el último aviso para el evento.
Las gallinas saben que con ellas, o sin ellas, inapelablemente, en cuanto el último tañido deje de oírse, dará comienzo el ritual, así que, el inicio del tercer toque viene a ser como la espoleta detonante de una bomba que las impeliera a abandonar sus gallineros y a precipitarse calle arriba, o calle abajo, que según el barrio del que procedan así habrán de subir o bajar, para llegar hasta la pedrera, a la que acuden siempre disfrazadas. Tanto se transforman para asistir al evento que, algunas, aún siéndome incluso demasiado familiares vistas de lejos, así, embadurnadas de polvos y aceites sutiles, delicados pigmentos de colores y humores destilados de flores prensadas, me resultan desconocidas.

sábado, 10 de mayo de 2014

Obstinado destino


¿Quién soy yo?

Antes de nada he de decir que no sé para qué o por qué escribo esto, nadie me obliga a hacerlo. Es más, sé que ninguna persona va a leerlo nunca, pues esa es mi voluntad. No obstante, aun habiéndolo sentenciado previamente a la intranscendencia y casi con toda seguridad a una efímera existencia, tengo la esperanza de que este texto que ahora inicio pudiera resultarme de alguna utilidad en este postrero, y por tanto desesperado, intento de descubrirme a mi mismo, si es que, a la postre, existe esa posibilidad. 
Imaginemos que de esta forma, al hacerlo, es como si hablara con, o más exactamente para, un oyente virtual. Una persona que, aunque yo no pueda verla ni ella verme a mí, me habría de escuchar pacientemente durante todo el tiempo del mundo, de una manera objetiva y sin inmutarse lo más mínimo por aquello que yo pudiera decir, fuese o no sensato, cuerdo o real, sin formarse juicios arrebatados a priori y, lo que es más importante aún, sin interrumpir en ningún momento mis cavilaciones; por tanto en absoluto silencio y con exquisita atención.
Ante esta persona yo no habría de sentir reparo, pudor o vergüenza de expresar aquello que me viniera en gana, aún si se tratara de cuestiones o sentimientos personales. O incluso, llegado el caso, de aspectos íntimos de mi ser que pudieran llegar a ser considerados por mí mismo como inconfesables.
Imagino que mediante este ejercicio, al hablar o escribir a ese ser inexistente, contándole absolutamente todo lo que se me vaya ocurriendo sin que existan cortapisas sentimentales, éticas o morales, yo mismo, como si fuera esa otra persona, sería capaz de comprender lo que sucede en mi interior. 
No es que haya perdido el juicio, no; al menos así lo creo, aunque no tiene causa que me lo cuestione, porque si realmente así fuera no habría de ser consciente de ello.
En consecuencia partiré de la hipotética premisa, en éste extraño postulado en ciernes, de que aún conservo la cordura.
Supongamos que toda ésta diarrea kafkiana de frases insurgentes que ahora empiezan a fluir tímidamente de mi cerebro, aún aturulladas y difusas, son consecuencia de la exasperante soledad en la que estoy sumido, y que ella, ahora obsesiva y pertinaz compañera que no me abandona nunca, es la que me obliga a caer en esta especie de paranoia, haciendo que algunas ideas surjan inopinadamente en una especie de rebelión incipiente que poco a poco debe de ir tomando forma y consistencia.
Pero para que esta auto-reflexión pueda llegar a adquirir solidez es conveniente escribirlo; a pesar de no ser imprescindible, puesto que lo que escribo está destinado a mí mismo y conozco de primera mano lo que voy a contar. A pesar de ello, digo,  y antes de aventurarme en busca de mi propia esencia por los derroteros de ésta mi memoria extraviada, debiera comenzar por hacer una breve exposición o al menos tratar de expresar, aunque sea de forma somera en este escrito, el cómo y el por qué comenzó todo.

Dicen, y parece ser cierto pues así lo atestigua mi documento nacional de identidad, que mi alumbramiento tuvo lugar en un pequeño pueblo andaluz de la provincia de Jaén llamado el Algar hace ahora cincuenta y un años y medio. También dicen que mi nombre es José, aunque aseguran que todos me llamaban Pepe, y que mis apellidos son: Hidalgo por mi padre y Caballero por mi madre; ambos ya difuntos, al parecer.
Y digo que lo dicen, porque yo, aunque parezca mentira, no tenía ni idea de ello hasta hace ahora tres meses. Concretamente me enteré de estas y otras cuestiones el día seis de Octubre de dos mil diez a las once de la mañana, momento en el cual, Paco Escudero Leal; el que ahora y desde entonces es mi psicoterapeuta, se entrevistó conmigo por primera vez. Y ese, para mis entendederas, es el instante en que realmente nací yo, o cuando menos el día en que empecé a tener conciencia de mi propia existencia.

Paco me reveló, entre otras muchas cosas, que yo tenía esposa y dos hijas. Y efectivamente hube de creerle pues una vez concluyó aquella primera sesión de terapia en su despacho, que se prolongó durante algo más de hora y media, las hizo pasar a las tres para que yo las conociera. Y en realidad eso exactamente fue lo que sucedió: que de esa manera y en ese preciso instante las conocí. Puesto que al verlas, por más que lo intenté, yo no fui capaz de reconocerlas; o por expresarlo en la forma que todos explicaron aquel extraño suceso: no fui capaz de acordarme de ellas. Así es que aquel acto consistió más en una tímida presentación amistosa que en un reencuentro familiar.
Desde entonces he revivido una y otra vez la imagen de un recuerdo obstinado del que quizás podría ser considerado por mí como el más impactante recuerdo de estos, pocos aún, que empiezan a conformar mi nueva memoria. Me estoy refiriendo al preciso instante en que vi por primera vez a Esther. De sus ojos emanaba un sentimiento sincero y profundo de camaradería y complicidad hacia mí. Se notaba a la legua que me quería. Su mirada me abrumó de tal forma que cuando se acercó a mí para abrazarme sentí vergüenza. No supe, o no pude, corresponder a su efusividad y retrocedí nervioso ante la generosidad de aquella mujer desconocida que me tendía sus manos frías mientras sus ojos, destilando con amargura un par de gruesas lágrimas que resbalaban por sus mejillas, rebuscaban en mi interior con la esperanza de que yo, en un milagroso y titánico esfuerzo, fuese capaz de encontrar, aunque solo fuera uno pequeño y fugaz, alguno de tantos recuerdos de entre todos los que supuestamente vivimos ella y yo en nuestra pretendida relación anterior. 
Por supuesto había algo en su rostro que me inspiraba confianza, y no me habría importado que me besara y me acariciara si hubiéramos estado solos ella y yo. Supongo, aunque esté mal decirlo, que como lo habría hecho con cualquier otra, pues al fin y al cabo en aquel momento de mi existencia no conocía a ninguna otra mujer. Pero allí, delante de las dos muchachas y de Paco, me pareció poco adecuado, así que me resistí dulcemente a sus caricias para no herir sus sentimientos y me acerqué a Patricia, la más pequeña de las niñas, e inmediatamente después a Ruth, la mayor de ellas. Ambas se abrazaron a mi cintura y me besaron emocionadas en las mejillas.
Paco insistió en que sería muy positivo que los cuatro nos abrazásemos y nos tocásemos, y que mientras lo hiciésemos permaneciésemos sentados en el amplio sofá de piel situado junto a un gran ventanal a través del cual el cálido sol de la mañana que inundaba la sala parecía lo único real y tangible de aquella inopinada escena, seguramente entrañable para ellas, pero para mí bastante desagradable, extraña e insustancial. Él dijo que de esta forma algo podía despertar en mi interior y así pudiera ser que yo en cualquier momento comenzase a recordar algo de mi pasado.
Pero, en vez de permitir o fomentar cualquier tipo de contacto físico, yo preferí mirarlas solamente y escucharlas sentado sobre uno de los mullidos cojines en el suelo, muy cerca de ellas, eso sí, pero manteniendo las distancias mientras duró aquel primer encuentro.
Puede parecer, contado así, que carezco de sensibilidad, o que ahora soy incapaz de demostrar afecto, dado que se trataba de mi familia más allegada, pero ciertamente puedo asegurar sin temor a equivocarme que: yo no había visto nunca antes a aquellas personas.
Además, supongo que no debe resultar en absoluto fácil para nadie imaginar cuál sería su reacción si un día lo sentaran con tres desconocidas y le obligaran a besarlas y abrazarlas con toda naturalidad, porque, aunque él no lo supiera, esas personas debían ser en realidad su esposa y sus hijas.

Esther es delgada, luce una melena corta de cabello lacio teñido de rubio. Sus ojos, de un verde intenso y puro, casi esmeralda, son grandes y expresivos. Su nariz es pequeña y muy bien formada, igual que su boca y sus orejas. Sus pechos, pequeños y turgentes, armonizan con su figura menuda, esbelta y bien proporcionada. Es una mujer elegante en el vestir y en sus modales. Estoy convencido de que debe de resultar bastante atractiva a los hombres. Es inteligente, cordial, amable, protectora y generosa. Me parece una buena mujer.
Pero he de decir que yo nunca me la hubiera imaginado así. Si alguien me hubiera preguntado cómo imaginaba yo a mi esposa, antes de verla a ella, hubiese dicho que debía ser alta, de constitución fuerte y atlética, con el cabello rizado, largo y nigérrimo como el azabache, sus ojos negros, grandes y rasgados, su piel nívea, su boca grande y su voz cálida, suave y aterciopelada. Sin embargo Esther es tal y como expliqué antes, y no como yo me la habría imaginado o como me hubiera gustado que fuese. 
A pesar de ello, poco a poco me voy acostumbrando a su imagen, a sus palabras, a su forma de ser. Y... me gusta. Pero a veces me sucede que vuelvo a pensar en aquella morena de pelo largo que resurge una y otra vez en mi subconsciente de forma inesperada. No sé por qué, cuando menos me lo espero, aparece esa otra mujer. Quizás es porque a Esther, en éste momento, la veo como una imposición del destino y no como a alguien con quien yo habría elegido compartir mi existencia.

.../...

Autor: Dimas Luis Berzosa Guillén.


Mi querida desconocida



Mi querida desconocida: 

Con la de hoy deben de ser más de mil ya, las veces que te he mirado y admirado, y sin embargo aún sigo sin atreverme a dirigirte la palabra, es por eso que te escribo ahora esta misiva.
Hoy, como cada día a media mañana, llegaste por la acera de Las Carmelitas, calle arriba hasta la Plazuela de Los Caños, y yo supe que llegabas, como cada día, porque oí tus pasos firmes acercándose a mi ventana, y mi corazón, como siempre, siguió el ritmo de tu cadencia al caminar: primero presto, luego vivace, después allegro... Como en una sinfonía de sensaciones cuyos pasajes te traían hasta mí ralentizando el tiempo. 
Un segundo después, en apenas un suspiro, tu sombra ha cruzado fugaz ante mi ventana, y el tempo, y mi corazón, han comenzado a ralentizarse: moderato, andantino, …adagietto, …adagio... Sin prisa... Sin pausa. 

La familia hoy



Ahora que he tenido que padecer una larga semana de imposibilidad de conexión a la red de redes, por problemas técnicos, comprendo más a mis abuelos y a mis padres. 
Cómo vivían ellos hace cincuenta años. Cuán relajados sus espíritus. Cuán desconectados del mundo discurrían sus vidas. Y sin embargo... ¡Qué felices eran!, y qué ufanos (en segunda acepción) se sentían viviendo sin televisión, sin World Wide Web, sin guerras transmitidas en directo, sin falsas promesas de falsos políticos.
Ellos no tenían la inmediatez estresante que hoy en día tenemos nosotros. Ellos saboreaban cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día de sus vidas.